Lo que aprendimos en Colombia

Posted in - Cooperación & Cumbres & Innovación Ciudadana & laboratorio ciudadano & Participación & Social Innovation en oct 20, 2016 0 Comments dsc_0352

por Raúl Oliván

Hemos sido más de cien personas las que hemos participado y convivido en el Laboratorio de Innovación Ciudadana (LABICCO), que ha organizado SEGIB en el contexto de la Cumbre de Jefes de Estado de Cartagena de Indias (Colombia). Se han desarrollado muchas charlas, mesas de trabajo y talleres. Y lo más importante: Durante dos semanas, once proyectos de innovación social han sido implementados, hasta el nivel de prototipo, y algunos, incluso hasta llegar a ser un producto mínimo viable que garantiza su sostenibilidad en el futuro. Mi experiencia como mentor de varios de esos proyectos ha sido increíble. Estuve en Veracruz y en Río de Janeiro, pero nunca antes viví el proceso completo.

Llegando al final del laboratorio, a dos días de que se presenten los once proyectos, y con el deseo de que no se me escapen las emociones, una vez haya regresado a casa que, por cierto, también extraño muchísimo, quiero plasmar algunas de estas sensaciones, sobre lo que considero el tema más importante: Pero al final de todo ¿Qué aprendimos en Colombia?

Como la propia dinámica del laboratorio, la pregunta no se puede responder con una respuesta unívoca. El laboratorio es un vivero de comunidades, una aceleradora de afectos, una fábrica de abundancia, un juego de tentativas y de divergencias constructivas. Y es también un relato coral. Poliédrico. Un viaje de ida y vuelta, tejido a partir de pequeñas épicas cotidianas.

Como la de Gabriel de Santa Fe, Argentina, un ingeniero que a sus 35 años se montó por primera vez en un avión, obligado por su mujer, que había dado a luz hace bien poco, porque el laboratorio era una oportunidad vital que no podían dejar escapar. Ha estado prototipando junto a un equipo excepcional Ciudad Mía, un proyecto de señalética inclusiva en las ciudades, a partir de un cemento conductivo y un nuevo sistema de codificación, que ayudará a moverse a las personas con discapacidad sensorial, por esas junglas de obstáculos que son las calles de Latino América.

O como Siro, el arquitecto extremeño que dejó su pueblo para participar en proyectos de arquitectura expandida en los populosos barrios de Bogotá, montando un cine para la comunidad, y que no tuvo bastante con eso, y acabó enrolado en el proyecto Trópico, junto a Karen, Francesco, Nicole, Ana… Trópico ha impulsado un modelo de Fabricación colaborativa basado en economía circular, y lo ha hecho practicando una máxima de los laboratorios: aprender – haciendo. Porque bien lejos de la teoría, el equipo de Trópico ha estado todos estos días trabajando sobre el terreno, cooperando en la reconstrucción de una comuna en el Sector Olaya Herrera, en el barrio de Playa Blanca, en la misma Cartagena. Mañana inauguran todos juntos. Será un honor poder estar con ellos. Cuando se vayan no sólo dejarán unos muebles hechos con pales, y sus planos en código abierto, sino toda una hoja de ruta para hacer circular y sostenible el proceso. Aquí y en cualquier parte del mundo, donde haya residuos y energía social para reutilizarlos.

Estoy pensando también en Margarita y Johanna que han impulsado Museo Viajero, un proyecto para desbordar las gruesas paredes del Museo Nacional de Colombia, una de esas instituciones representativas de la política cultura decimonónica. Desde el departamento de didáctica inclusiva, acostumbradas a trabajar en la lateralidad de las estructuras, obligadas a pensar como hackers desde dentro para subvertir las barreras que tienen los discapacitados en el museo, fueron mucho más allá el día que, contracorriente, decidieron apuntarse al Laboratorio y comenzaron a co-diseñar el proyecto con otras 9 personas y con los propios colectivos implicados. A veces la revolución se resume en un pequeño gesto. Sacar la cabeza fuera y escuchar. Por ejemplo.

Otros caminan a otras velocidades. Todos son necesarios. Como Adriano Belisario, el periodista de Río de Janeiro que montó Agrega.la en Brasil, una plataforma de comunicación y periodismo ciudadano, que articula una alternativa informativa en un país donde las grandes cabeceras, agrupadas en oligopolio, ostentan un poder inmenso. Adriano durante el laboratorio ha estado impulsando Agrega.la en el caribe colombiano. Con él han trabajado gente estupenda como Kuri, la diseñadora peruana de origen japonés, que ha acabado colaborado con muchos otros grupos; o Sara, la periodista española que, afortunadamente, aún cree en la profesión y se fue en búsqueda de una buena historia, entrevistando a un guerrillero desmovilizado.

Imposible citar a todos, imposible no citar a Luis Hernando, y su entregado equipo como Rosa Cristina, activista digital colombiana, Naomi o chica Linux como le llaman sus amigos, el experto en Open Street Map Carlos Felipe, o Alejandro uno de los mejores infógrafos de Colombia que trabaja para el periódico El Tiempo. Ellos y varios más han diseñado Kitum (KIT humanitario) un portal para canalizar la fuerza del voluntariado en la gestión de desastres. Luis Hernando era un hombre de acción, un paracaidista humanitario experto en coordinación ágil de estrategias en zonas de desastre. Fue un reto para él trabajar con el equipo, porque acostumbraba a ser un lobo solitario. Pero tiene toda la pinta de que el resultado va a ser una herramienta muy útil que va a ayudar a miles de personas.

No puedo olvidar tampoco de Rafa Cortés, el pequeño Cuartielles de Veracruz (por mi paisano David Cuartielles, coinventor de Arduino) que a sus 21 años ya es veterano de los laboratorios y ha estado en todos ellos. Cuando lo conocí tenía 19 años y ya apuntaba maneras. Es un prodigio que no le ha importado servir hamburguesas para viajar a Silicon Valley o el MIT. En este tiempo ha creado Verse Technology, con 18 empleados, que acaba de lanzar la Goblin2, su propia placa de hardware libre pensada para la industria. Rafa formaba parte de Marimba Inclusiva, un proyecto presentado por Daniel de Cali, en el que han producido un instrumento de percusión, la marimba típica del pacífico colombiano, adaptada a personas sordas o ciegas. Un sistema de luces y vibradores que te enseña además a usar la marimba como si el Guitar Hero (el juego de la Play Station) se tratara. El día que lo probó Luz Enit, la única participante del laboratorio sordo ciega, fue imposible no compartir su sonrisa y su emoción.

La única contraindicación de participar en una experiencia así, de compartir un par de semanas con gente como las que les retrato, es no poder llevártelos a todos a tu casa, a Zaragoza. Como me llevaría a todo el equipo de Gente Fuente, los diseñadores, sociólogos y tipógrafos que digitalizaron e hicieron material didáctico, para la comunidad wounaan, compuesta por 7000 personas en Panamá y Colombia, y que hasta hoy no tenía forma de expresarse en su lengua en un email o en el muro de Facebook. Un proyecto precioso.

O como Gabriel y Raissa, que llevaron la furgoneta de su proyecto Etinerancias hasta el laboratorio, y han impulsado el proyecto Co.Madre, una Wikipedia visual de las mujeres invisibles. O como Sebastián, Roberto o Jorge, algunos de los miembros de Ecuador Solidario, que están empeñados en construir un portal de Crowd Donation (Donación de material entre particulares, como ladrillos, electrodomésticos, muebles…) un modelo inédito en el mundo y que le habría servido muchísimo a Pablo, invitado por el equipo, un superviviente del terremoto de Ecuador de este año, rescatado con vida milagrosamente entre los escombros.

Hay muchísimos más que no alcanzo a citar, muchos incluso que no tuve tiempo apenas de conocer, pero fueron todos ellos los que construyeron este relato coral que son los laboratorios de innovación ciudadana. Quizá la mejor reencarnación de aquel sueño de humanismo y emancipación que fue la Institución Libre de Enseñanza. Un crisol de personajes llenos de talento y afectos que, por cotidianamente excepcionales, uno podría encontrar en cualquier novela del realismo mágico.

Lo que aprendimos no alcanzo aún a poder resumirlo, pero sé que lo aprendimos entre todos.

 

Fotografía: Andrés “Wao” Mosquera

 

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